viernes, 14 de diciembre de 2012

¿cómo se escribe un cuento?

En ese buscar todo para dar con un cuento, a veces le parecia que la habían venido a buscar y que estaba encarando el proceso por la punta inversa del rulo.
“Deben ser impresiones nomás”, repetía.
Impresiones que se parecen a la intuición cuando nos asalta de golpe, para instalarse en cada milímetro de nuestro cuerpo. Y cuando no era esa mujer de labios gruesos y arrugas junto a la boca la que se hacía presente, eran los ojos de otra mujer más joven, de pelo corto y con pensamientos o fantasías similares. De las dos había visto varias fotos en blanco y negro, porque estas mujeres no eran de la época de la película en colores. Y si eran, no eran esas las imágenes que se publicitaban de sus existencias. Como las dos hubiera querido ser, si no fuera porque de la primera no le gustaban sus supuestas convicciones ideológicas y la segunda se había suicidado demasiado joven; no es que fuera quién para condenar semejante decisión, pero una vida tan breve le daba más susto que entusiasmo.
¿Cómo se construye la paranoia?

Con paciencia.
Con la misma arquitectura que la carcasa de una novela, sólo que hay otras cuestiones en juego. La novela tiene un orden que hay que trabajar, el delirio paranoide crece solito, como el cardo en un cantero descuidado o la enredadera en la pared húmeda de una casa abandonada.
En la novela hay demasiadas normas que respetar; la paranoia es pura fantasía sin borde, en donde todo, absolutamente todo, cuadra y calza como una zapato en el pie que va.
Las historias viejas, los viejos motivos, todo aquello que creimos arrumbado en el olvido de algún consultorio psicoanalítico, reviven con la fuerza de un ciclón, brotan de las llamas como un demonio recién nacido.
Es cuando el delirio toma cuerpo, es sólo entonces, cuando entendemos el verdadero alcance de lo que las ficciones significan.
Porque, ¿qué son las ficciones, sino realidades confeccionadas a medida? 
Como un sastre que cose para su cliente, el paranoico dibuja el molde de su vida.
las flores ebrias

Las flores se emborrachaban a veces
una vez por mes, o quizás dos
como malas damas
que han sido despedidas del paraíso

Yo me las cruzaba en el descanso de la escalera
y les preguntaba por su estado,
por sus hijos, el trabajo
y tambien por sus sueños

Con la lengua entumecida
me contestaban a puro desgano
batidas a duelo con la vida,
descreídas de la muerte

Sin mayor opción que una botella rasposa,
me decían que querían partir
y que querían dejar el barrio
que nada de lo que les habían prometido
ni nada de las palabras de sus padres
ni siquiera la esperanza
ni la voluntad

Yo les sonreía entonces
como si en ese gesto
pudiera devolverles alguna raíz
algunas gotas de rocío
una caricia de sol para mitigar
un jardín que quedara un poco más allá
de este acá demasiado más árido


velas

Soy como una vela

Mi corazón,

como una vela

Se prende

y se apaga

Sopla para un lado

para el otro

Como un vela

Se ahoga, navega

y arde.
recuerdo



Apenas después de llenar el estómago,


entre las tablas que crujen, se asomó una siesta.


En la crudeza del atlántico, digerimos.


Entre promesas sin proyección


Entre las sombras no proyectadas


de esas, tantas, promesas,


llegó el sueño:


Las linternas alumbraban los eucaliptos,


éramos soles de noche jugando a las escondidas.

lumbre
 
Desde esta copa no tengo nombre,


soy todo lo que quiero ser.



Del fuego de esta hiena,


nacen todos los cigarros


que alumbran la noche


calma chicha




Una libelula
                                en medio del rio sin horizontes
 

La felicidad,

haciendo nido
 

sobre la espuma del desconcierto.