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martes, 8 de enero de 2013

Correo


El pino se amarronaba
en esta estampilla vieja de tiempo
La habíamos recibido tantas veces
que el remitente era sólo una anécdota

las cartas llegan, llegan mojadas

viernes, 14 de diciembre de 2012

Sin palabras

Horizonte
A Octavio

Ya no sé donde esconderme
Si las ruinas de esta casa
Me despojan de mí

Si las horas no se prolongan
Ni se acortan
Si como una flor sin estación
Se vuelven vida
Por fuera del tiempo

¿Hacia dónde escapar?

Si los escombros
Bajo un temblor cansino
Amurallan la tristeza frágil
De esta planta inerte que vengo siendo

Un encierro,
A puras luces sombrío
Con una mano aprendiz
Que me arrastra
Hasta el otro lado de la vida.

Y veo brillar tu entusiasmo
Brote de ternura infinita
Mi Nave Real
Mi Océano de días

Y tu abrazo diminuto
Hacer de esta tierra pisada
Un horizonte tibio

Viajero de la luz, Planeta desconocido
Llegaste a mi cuerpo
Para sembrar mil sonrisas
Y una esperanza virgen.






Anoche soñé. Anteanoche también. Y anteanteanoche. Una cadencia de sueños por un riel de viento.

Viajo. Viajaba. Viajo por ese destino sin palabras. 

Los pasajeros van. No soy yo el vientre del tren. Los pasajeros, brumas de la soledad. No sabemos si sueñan también. Soñaban.

Pero uno, sin ser distinto a los otros, se acerca a mi ausencia. Y habla. Susurra una profecía, débil. Una cadena de hojas, de ramas secas y el trino de algún pájaro.

Y me dice:

─ Eras el cuerpo tendido sobre un escenario. El público asiste al concurso del dolor. La mitad de tu pelo, rapado. Los ojos muertos, para no ver la luz. Y mientras el ogro tomaba de cada uno de tus pechos, carente de alma, ganabas. El público proclama tu nombre. Exige saber el secreto. La razón de aquel desplazamiento.

Contesto:

─Anteanoche soñé. Y mañana soñaré otra vez.
 
Viajaba. Viajaré por este destino sin palabras. Soy la falta. Seré la nada.

El tren sigue la marcha. Los pasajeros andan. No sabemos si soñarán. El mensajero se abriga un poco más con su mortaja. La capa inerte que lo salva del fuego. Y desparece hacia el final del vagón, después de cerrar la puerta. Un sonido metálico, de árboles sin savia, de tierra inerte, de vidas invertebradas. El profeta no mira hacia atrás. Guarda en el pecho que no tiene, los ecos de mi última voz.

Siendo el tren. Siendo una hoja. Siendo una rama seca y todos los pájaros.

Soñaré en silencio la vida. Soñaré sin cuerpo un mañana.

las flores ebrias

Las flores se emborrachaban a veces
una vez por mes, o quizás dos
como malas damas
que han sido despedidas del paraíso

Yo me las cruzaba en el descanso de la escalera
y les preguntaba por su estado,
por sus hijos, el trabajo
y tambien por sus sueños

Con la lengua entumecida
me contestaban a puro desgano
batidas a duelo con la vida,
descreídas de la muerte

Sin mayor opción que una botella rasposa,
me decían que querían partir
y que querían dejar el barrio
que nada de lo que les habían prometido
ni nada de las palabras de sus padres
ni siquiera la esperanza
ni la voluntad

Yo les sonreía entonces
como si en ese gesto
pudiera devolverles alguna raíz
algunas gotas de rocío
una caricia de sol para mitigar
un jardín que quedara un poco más allá
de este acá demasiado más árido




deber ser

El don de gentes

es un silencio impostor


Es saber permanecer con la boca
apenas abierta
sugerir que se sabe


pero nunca tanto


mucho menos todo


eso aquello que nadie querría

saber



Es un don de gentes

sonreír siempre y preocuparse

lateralmente, rozando apenas

los bordes de un dolor irreversible


Es buena costumbre

dejar a los pensamientos

salir a refrescarse y no está bien,

se los juro, 
no está bien

que las palabras se nos adelanten

y nos expongan a la luz de lo inexorable



No se debe

perder el juicio,
y se debe

a cualquier costo para Ser


en esta era perniciosa

mucho menos ganarlo.